(Relato de 2006)
¿Casualidad? Tú eras un bebé de treinta y cinco días cuando el Frente Sandinista entró en Managua. Somoza, el último descendiente de una estirpe de tiranos, escapaba por la puerta de atrás del país que había sido su feudo.
Lo recuerdo bien. ¿Y tú? Yo estaba en la cumbre de mi adolescencia y quizá por ello, o por las circunstancias de mi país, o porque el idealismo me tocó en una lotería como la gripe o el amor, la palabra libertad me emocionaba. Oímos la noticia del derrocamiento de Somoza en la radio del coche; y como me he empeñado en ser preciso déjame especificar dónde ocurrió: en la playa de Montalvo, de camping con mi familia.
Tú tenías cinco semanas y aun así te pregunto por tus recuerdos. No, no estoy soñando. Sólo te pido que sitúes mi ovación al comienzo de tu memoria. Está ahí, ¿la ves, la oyes? No fue un vítor cualquiera: perdí el uso de las cuerdas vocales durante dos días, cuánta pasión hace falta para un grito como ése. Estoy seguro de que mi ¡viva! llegó hasta el mismo palacio de Somoza, ya sin Somoza, y hasta el propio Somoza fugitivo rumbo a Uruguay. Ante eso, ¿qué son veinticinco kilómetros, entre mi entusiasmo y tu cuna? Por eso te digo: ¿recuerdas? Tú has tenido que oír mi aclamación, ahí dibujaste tu primera sonrisa y desde ese mismo momento, estoy convencido, eres de izquierdas.
Demasiada energía incontrolada, intolerable euforia de libertad para los que se empeñan en escribir la historia. El promotor de la Guerra de las Galaxias -ya sabes, ese vaquero de Hollywood venido a más- corrió a meter la nariz allí donde nada se le había perdido. Ofuscado con el demonio comunista rearmó, a base de fondos presupuestarios, a una soldadesca rencorosa. Nicaragua, convaleciente y renqueante, entró en guerra con Nicaragua. Otra vez.
Dicen que la contienda terminó en tablas. ¿Quién lo dice? El imperialismo, para lavarse las manos. Perdió el pueblo. No se hacen dos guerras consecutivas impunemente. Por esa guerra pagada en dólares, mientras Somoza buscaba un nuevo barrio residencial en el exilio, Nicaragua vive hoy bajo la dictadura de la pobreza. Sorprende, a pesar de todo, que ese país tenga fama de acogedor y solidario. Lo dicen todos los que lo visitan.
Te hablo de Nicaragua porque hay elecciones. Este mes de noviembre de 2006 Daniel Ortega, del Frente Sandinista, puede ganar: son los que echaron a Somoza hace veintisiete años. Por eso confío, sólo confío. Si ganan o no, o si, ganando, se echan a perder, ya es otra historia. No es tema de esta página, sino del futuro -que esta página no incluye. Ésta es una página de esperanza, solamente. Y solamente por lo que se refiere a Nicaragua.
En lo demás… Me esfuerzo por desgañitarme con un viva que penetre en tu subconsciente como el que llegó hasta tu cuna, corazón, hace ya…
No, no me esfuerzo, es inútil. Un grito sin fe no pasa de gruñido. Y ni siquiera gruñir para expresar el desencanto en mi vida. Empuño -y mis letras ya no te alcanzan- mi más preciada joya. Es el bolígrafo que me regalaste el año pasado por Navidad, cuando brindamos por Evo Morales entre secretos y luz de vela, cuando brindamos por nosotros y porque estábamos juntos. Cuando brindamos… ¿debo seguir? Entonces aún podía gritar con garganta enardecida. Hoy sólo espero a que la tinta, como todo lo demás, el idealismo, la gripe o el amor, se acabe.
Naciste con la Revolución Sandinista. ¿Casualidad? Puede, y haberte encontrado en la vida después de dos décadas y media de canción protesta y haber compartido contigo una dulce locura, también fue casualidad. Me tocó en una lotería, como el idealismo. Me tocó conocerte y engancharme a ti en una utopía de carne y hueso. Cuando estabas en mi mundo ése era el mundo soñado por todos los aspirantes al premio gordo; y yo, el único agraciado. ¿Cómo dilapidé mi fortuna, cómo te perdí? Gané otra lotería, claro está, un concurso de perdedores, o me tocó la única bala en una ruleta rusa. Si una guerra contrarrevolucionaria acabó con el sueño nicaragüense, quizá otra disputa de baja estofa, sucia, fraudulenta, librada en las trastiendas del alma, haya tumbado los míos.
Nicaragua: si vencen los que yo espero se las verán con sus promesas electorales. Y si hay algo frágil en este mundo no son las alas de mariposa o la porcelana china, sino las promesas electorales. Le pido al año que acabe con una buena noticia. Y le pido más: que esa buena noticia no se quede varada en la cuesta de enero. O en la de abril, como me sucedió contigo: en el 2006 te voy a querer más que nunca -dijiste. Ya sé, sin especificar cuántos meses del año duraría ese amor más grande de lo que nunca antes había sido, pero tus palabras -y a mí me hubiese bastado un como hasta ahora- me hicieron creer en cuentos de hadas. Era una simple promesa electoral.
Hubo un tiempo en que nos queríamos tan en secreto que no nos lo confesábamos. Ni siquiera ante nuestras propias conciencias. Es más, el disimulo, revestido con la carátula del mismo Somoza renacido (pues ha muerto, ¿sabes?), se cebaba principalmente en ellas. En las conciencias. Y yo quiero creer que los represores de todas las dictaduras, incluso de las emocionales, tienen los días contados, aunque a veces la cuenta de los días parezca no tener fin.
No sé dónde encuadrar lo que sigue, si en la simpleza o en la complejidad de la vida, o en el destino, o en los juegos de azar, no sé, quién lo sabe. Un día me escribiste: "lo que daría yo por verte hoy". Y fue como abrir la jaula de los leones. Lo obvio al descubierto, mis sentimientos me atropellaron al salir en tromba desde sus catacumbas, los tuyos… Los tuyos se encerraban en aquel mensaje y a la vez lo desbordaban. ¿Qué hubieses dado por verme?
Lo supe esa misma tarde. Éramos tres: nosotros y nuestra carabina, la cautela. Es para reírse. La cautela lindando con la temeridad. En la línea fronteriza entre la suspicacia y el pacto con el diablo, ¿de qué te protege la cautela? Tanto frecuentamos la frontera desde el margen seguro que, sin advertirlo, pusimos un pie en el otro. Queríamos que ocurriera, debía ocurrir y cuando ocurrió a nadie le pudo sorprender. Cualquier otra cosa hubiera sido mentira.
Viví contigo aquella utopía de carne y hueso hasta que la economía de mercado (entiende la metáfora y piénsalo, fue así) se instaló en las emociones. Hoy lloro sobre la tinta de tu bolígrafo escribiendo estas líneas y pienso que el bolígrafo, en realidad, no escribe, se desangra. No con las cartas más bonitas del mundo ni con los versos más tristes esta noche (en esto se me adelantó un compatriota de Allende). Se desangra con el idealismo aplastado en Nicaragua y en mis ojos que ya no te ven. Y con las estrofas de la canción protesta que habla de un insoportable recuerdo: el de todo lo que no podré vivir contigo en tu ausencia sin retorno. No sabes de qué manera retumba en mi alma, constantemente, el estruendo de la palabra adiós.
Aunque daría media vida por verla hoy, lo que me consume, Nicaragua, es no poder brindar por ti -con ella- como en los viejos tiempos. Tiempos viejos y cercanos, viejos porque no volverán, cercanos porque siguen a flor de piel. Lo que daría yo por levantar mi copa y ofrecerle, a quien tanto quise, una sonrisa como las anchas avenidas por donde pasará el pueblo libre de Allende. Lo que daría yo, indómita chica de izquierdas, por brindar contigo por Nicaragua. Como cuando brindamos por Evo, por nosotros y porque estábamos juntos, y me dijiste este año 2006 te voy a querer más que nunca.
jueves, 8 de octubre de 2009
Suscribirse a:
Entradas (Atom)