Por no haberle permitido envejecer con dignidad mucho ha soportado mi banco de madera. Todos los experimentos, posibles o imposibles, han tenido lugar a lomos de mi banco: teñidos, desteñidos, oscurecimientos, decoloraciones, rasguños; sobre él se han aplicado aceites y barnices, tintas, pinturas, lacas, cremas, betunes. Imperturbable, mi banco ha servido de conejillo para los más diversos productos. Y siempre, a un solo paso del efecto final, el juicio implacable de mi mirada lo condenaba a un nuevo retoque; y otra vez se repetían las friegas con disolventes y los decapados con paletas y lija de todos los calibres.
Y ahí está, ante mí, sin perder un ápice de su orgullo. Descolorido, como resultado de mis últimas manipulaciones: pero esa danza de las vetas apareciendo y desapareciendo en una madera frotada y refrotada me atrae. El último barniz, retirado con vigorosas lijaduras, ha descubierto antiguas coloraciones de las que se había impregnado la madera y que afloran como jugando al escondite.
Con este acabado desigual y desaliñado, la última degradación de la elegancia de mis intenciones primeras, vislumbo por fin un punto sin retorno: mi banco ya es una radiografía de mi ánimo. Me reflejo con tanta fidelidad que me asombra no haber perseguido este resultado desde un primer momento. Será que finales tan inspirados, de tan exquisito equilibrio, no se planean. Esa medida exacta de la imperfección, a la que se llega improvisando hasta que nos detiene la certeza de un alborozado ¡ya!, requiere un hacer y deshacer y un rehacer y redeshacer cuyo término es imposible de predecir.
Me siento, toco mi banco y percibo la calidez de la madera. El aroma volátil de la fibra resalta tras el barniz eliminado. Me identifico tanto con este descolorido compañero. Su presencia orgullosa desafía todos los cánones de la estética. Y sin embargo, para terror de algunos, insiste en codearse de igual a igual con la pulcritud de su entorno. Por eso, y por todo lo que está fuera del alcance de mis palabras, me gusta verlo así: provocador, parlanchín, sarcástico. Se ríe, al otro extremo de donde yo me siento en el despacho. Me guiña un ojo. Se vuelve a reír: de sí, de mí, del universo que lo parió. Y por encima de todo se ríe, y con sonoros aspavientos, de su negra, negrísima alma, de la cual, lo mismo que este humilde narrador, se ha divorciado por incompatibilidad de caracteres.
viernes, 22 de mayo de 2009
miércoles, 13 de mayo de 2009
Supremacía del caos
Al fin, un día, lo tuve que reconocer: me hallaba bajo el dominio absoluto del caos. Durante meses estuve recibiendo mensajes inequívocos de que las cosas podían complicarse. Lo dejé pasar. Asistí impasible a la insurrección de los objetos. Brotaron de la nada grises copos de polvo que se adueñaron, primero, de las esquinas discretas, y luego, habiendo tomado confianza ante mi apatía, de toda cuanta superficie hallaban a su paso. Todo cambió de color, de olor, hasta el aire se hizo denso como una tormenta de arena. Yo lo veía venir.
Ayer por la mañana me puse un calcetín distinto en cada pie. Nadie lo notaba porque eran del mismo color, negros -como el café, como mi suerte-, pero yo sabía que uno era de verano y otro de invierno, uno dejaba holgado el pie en el zapato, el otro lo llenaba, uno era pulido, como de seda, el otro, lanudo. Salí a la calle con una piedra en el zapato. Estaba deseando volver a casa para quitármela, como si en la ciudad no existiese un momento y una esquina para tan sencilla operación. Durante horas caminé con esa tortura, llegué a casa y me embutí en las zapatillas, dejando zapato y piedra para mejor ocasión.
Hoy, -provisionalmente, aunque luego ya quedaron emplazados- me encajé los mismos calcetines de la víspera; pero si el de verano calzaba ayer el pie derecho, hoy al revés. Y además, el zapato con la piedra. Me di cuenta al bajar las escaleras y preferí, no obstante, cojear toda la mañana antes que zanjar el asunto en el mismo portal de casa. Lo sorprendente es que al regreso, en un milagroso ataque de fuerza de voluntad, busqué sin hallar piedra alguna: el propio zapato, deteriorado, picoteado en su interior y acanalado por baches, me acribillaba. No existía, pues, ni piedra ni objeto similar, aunque el efecto en el pie fuese el mismo y el zapato, aprovecho para decir, necesite una reparación urgente.
A estas alturas es imposible confeccionar una lista de la compra. Tendría que meter el supermercado entero en casa o hacer mil listas y mil viajes. Y luego encontrar un sitio para colocarlo todo. Bueno, mi casa es espaciosa. ¿Entonces?
Es que todo está fuera de lugar: tan simple como eso, y tan engorroso. Ya saben que no hice caso de avisos. Cuando una pila de carpetas sobre una mesa me impedía utilizarla las trasladaba a una silla; cuando necesitaba sentarme pasaba las carpetas a la mesa... o a otra mesa, pues la primera tal vez estuviese ocupada: ropa limpia para doblar y guardar que ni doblaba ni guardaba, papeles para clasificar y archivar que ni clasificaba ni archivaba.
Llegué a dormir en el sofá porque mi cama estaba repleta de elementos variopintos y no encontraba el momento para ordenar tanto cambalache: guitarras, chaquetas, cuadros para colgar, el correspondiente taladro, un par de paraguas, una lamparita y una impresora dentro de su caja. Un día lo llevé todo a la mesa del comedor excepto los paraguas, que encontraron un paragüero en el camino y allí se quedaron. Pero unos invitados me obligaron a desalojar la mesa: por fortuna disponía de la cama para desplegar de nuevo todo el arsenal: creo que se habían habituado a vivir sobre la colcha. Volví al sofá.
¿Sigo? Los objetos menudos también se expatriaron y la casa se convirtió en un vivero de sorpresas cuando no buscabas nada. La caja de tiritas podía aparecer al lado del paquete de garbanzos, repito, si no la buscabas. Y baste ese ejemplo para no cansar a nadie. Al final todas las habitaciones tenían un poco de todas, la cocina de salón, el salón de dormitorio, el dormitorio de trastero, el trastero... Bueno, ahí no se podía entrar, no había espacio físico ni para alargar un brazo entre la marabunta.
A la vez los copos de polvo se multiplicaban y crecían en número y densidad. El aire que desplazabas al moverte los arremolinaba; y cuando cesaba el huracán volvían a su puesto, donde no eran molestados, a vivir la vida y reproducirse. Lo que al principio era una fina capa de polvo sobre los muebles adquirió grosor, profundidad: podría cultivar un pequeño huerto. Yo, que ya no me esmeraba mucho, abandoné el sueño de la limpieza cuando me vi sin medios. No servían los útiles normales, escobas, gamuzas, bayetas, aspiradora sin bolsa (siempre me olvido de comprar), detergentes domésticos o fregonas de toda la vida. No. Necesitaba pico y pala, rastrillos, pala excavadora y camión para los escombros; además de productos desincrustantes y un equipo de fumigación altamente especializado.
Y eso no fue lo peor. Qué más da beber en un bote de conserva por no fregar un vaso. Lo peor de esta epidemia de caos que asolaba mi vida era su implantación en mi pensamiento. ¿Recuerdan los calcetines, la piedra en el zapato que no era piedra? Me refiero a eso, pero amplificado. La materia habitaba un territorio caótico, es cierto, los objetos deambulaban a sus anchas y yo era incapaz de llamarlos al orden. Pero quizá un día me atreviese a concebir una lucha frontal contra ellos. Establecer una estrategia y lanzarme a la batalla contra cajones, armarios, estantes, mesas, suelos, esquinas... Reubicar a cada cual en su espacio y deshacerme de los insurgentes con un pasaporte al basurero. De acuerdo, puedo perder esa guerra; aun así el combate que me preocupa es otro: el que debo mantener contra los pensamientos sin ley en este mundo enrevesado.
Carezco de recursos para organizar mi casa, nadie lo discute; pero ¿qué sucede dentro de mi cabeza? En otro tiempo sabía oponer a un problema una idea constructiva. Aun sin allanar el camino de mis contradicciones nunca me quedaba tirado. Hoy brota de cada pensamiento una reducción a lo absurdo. Así las cosas, ¿puedo esperar auxilio de mi vida interior? Al contrario, espero ataques, aristas, tensiones. Ataques pendencieros, aristas afiladas, tensiones como las de un cable de grúa izando una locomotora.
He aquí una muestra de mi desbarajuste: hace dos semanas se me cayó al suelo una hoja de papel. Hoy, por fin, he reunido el ánimo de agacharme a recogerlo. Quince días sorteándolo para no pisarlo y no encontré, hasta esta mañana, el segundo de decisión para acabar con el “problema”. Sé que debo relajarme, pero voces censuradoras me gritan ¡mentira! cuando mi mente, por crear un poco de paz, se evade hacia un mundo imaginario. Mentira, ¿y qué? Son mis ensueños, ¿por qué se me prohíben? ¿Qué quieren, qué no piense? De acuerdo, díganme cómo se hace.
La supremacía del caos no admite discusión. En el campo de batalla de mi mente se libra una lucha de todos contra todos: al final, ideas depauperadas empujan ideas muertas. Resultado: el desconcertante galimatías del mundo. Todo está mucho más allá o mucho más acá del horizonte. Todo está tan lejos que no lo vislumbro o tan cerca que me ciega.
¿Cómo proyectarme hacia un segundo si todavía no he logrado librarme del anterior? Doblegado por toneladas de tiempo, yo también me paralizo. Por eso renuevo calcetines desiguales, por eso los grises copos de polvo nievan en mis habitaciones. Querría imponerme un salvador ejercicio de voluntad: la busco y la veo de espaldas, corriendo. Se ha hartado de rebotar de lado a lado en el interior de la maraca, es decir, de mi cabeza.
Los objetos se amotinan, fuera de sus lugares y -un paso más en el caos- ajenos a sus funciones. Mis pensamientos sin ley hacen el resto: sin matar ninguna de mis ansiedades me reducen a la inactividad. Hay un cojín al borde de una silla, a punto de caerse, ¿se creen que lo centro? Cuando resbale y caiga en la alfombra, supongo que esperaré a que los grises y polvorientos copos formen una montaña sobre él. ¿Mi voluntad? "Dale órdenes a los músculos" -he leído en un panfleto de autoayuda. Es inútil. Permanezco atenazado bajo el arbitrio del caos. Allí donde haya un aguijón que me espolee hacia cualquier empresa, allí echaré anclas. Allí mi mente buscará un escondite; y el músculo, cansado de nada y sin órdenes que cumplir, se retirará a hibernar.
Ayer por la mañana me puse un calcetín distinto en cada pie. Nadie lo notaba porque eran del mismo color, negros -como el café, como mi suerte-, pero yo sabía que uno era de verano y otro de invierno, uno dejaba holgado el pie en el zapato, el otro lo llenaba, uno era pulido, como de seda, el otro, lanudo. Salí a la calle con una piedra en el zapato. Estaba deseando volver a casa para quitármela, como si en la ciudad no existiese un momento y una esquina para tan sencilla operación. Durante horas caminé con esa tortura, llegué a casa y me embutí en las zapatillas, dejando zapato y piedra para mejor ocasión.
Hoy, -provisionalmente, aunque luego ya quedaron emplazados- me encajé los mismos calcetines de la víspera; pero si el de verano calzaba ayer el pie derecho, hoy al revés. Y además, el zapato con la piedra. Me di cuenta al bajar las escaleras y preferí, no obstante, cojear toda la mañana antes que zanjar el asunto en el mismo portal de casa. Lo sorprendente es que al regreso, en un milagroso ataque de fuerza de voluntad, busqué sin hallar piedra alguna: el propio zapato, deteriorado, picoteado en su interior y acanalado por baches, me acribillaba. No existía, pues, ni piedra ni objeto similar, aunque el efecto en el pie fuese el mismo y el zapato, aprovecho para decir, necesite una reparación urgente.
A estas alturas es imposible confeccionar una lista de la compra. Tendría que meter el supermercado entero en casa o hacer mil listas y mil viajes. Y luego encontrar un sitio para colocarlo todo. Bueno, mi casa es espaciosa. ¿Entonces?
Es que todo está fuera de lugar: tan simple como eso, y tan engorroso. Ya saben que no hice caso de avisos. Cuando una pila de carpetas sobre una mesa me impedía utilizarla las trasladaba a una silla; cuando necesitaba sentarme pasaba las carpetas a la mesa... o a otra mesa, pues la primera tal vez estuviese ocupada: ropa limpia para doblar y guardar que ni doblaba ni guardaba, papeles para clasificar y archivar que ni clasificaba ni archivaba.
Llegué a dormir en el sofá porque mi cama estaba repleta de elementos variopintos y no encontraba el momento para ordenar tanto cambalache: guitarras, chaquetas, cuadros para colgar, el correspondiente taladro, un par de paraguas, una lamparita y una impresora dentro de su caja. Un día lo llevé todo a la mesa del comedor excepto los paraguas, que encontraron un paragüero en el camino y allí se quedaron. Pero unos invitados me obligaron a desalojar la mesa: por fortuna disponía de la cama para desplegar de nuevo todo el arsenal: creo que se habían habituado a vivir sobre la colcha. Volví al sofá.
¿Sigo? Los objetos menudos también se expatriaron y la casa se convirtió en un vivero de sorpresas cuando no buscabas nada. La caja de tiritas podía aparecer al lado del paquete de garbanzos, repito, si no la buscabas. Y baste ese ejemplo para no cansar a nadie. Al final todas las habitaciones tenían un poco de todas, la cocina de salón, el salón de dormitorio, el dormitorio de trastero, el trastero... Bueno, ahí no se podía entrar, no había espacio físico ni para alargar un brazo entre la marabunta.
A la vez los copos de polvo se multiplicaban y crecían en número y densidad. El aire que desplazabas al moverte los arremolinaba; y cuando cesaba el huracán volvían a su puesto, donde no eran molestados, a vivir la vida y reproducirse. Lo que al principio era una fina capa de polvo sobre los muebles adquirió grosor, profundidad: podría cultivar un pequeño huerto. Yo, que ya no me esmeraba mucho, abandoné el sueño de la limpieza cuando me vi sin medios. No servían los útiles normales, escobas, gamuzas, bayetas, aspiradora sin bolsa (siempre me olvido de comprar), detergentes domésticos o fregonas de toda la vida. No. Necesitaba pico y pala, rastrillos, pala excavadora y camión para los escombros; además de productos desincrustantes y un equipo de fumigación altamente especializado.
Y eso no fue lo peor. Qué más da beber en un bote de conserva por no fregar un vaso. Lo peor de esta epidemia de caos que asolaba mi vida era su implantación en mi pensamiento. ¿Recuerdan los calcetines, la piedra en el zapato que no era piedra? Me refiero a eso, pero amplificado. La materia habitaba un territorio caótico, es cierto, los objetos deambulaban a sus anchas y yo era incapaz de llamarlos al orden. Pero quizá un día me atreviese a concebir una lucha frontal contra ellos. Establecer una estrategia y lanzarme a la batalla contra cajones, armarios, estantes, mesas, suelos, esquinas... Reubicar a cada cual en su espacio y deshacerme de los insurgentes con un pasaporte al basurero. De acuerdo, puedo perder esa guerra; aun así el combate que me preocupa es otro: el que debo mantener contra los pensamientos sin ley en este mundo enrevesado.
Carezco de recursos para organizar mi casa, nadie lo discute; pero ¿qué sucede dentro de mi cabeza? En otro tiempo sabía oponer a un problema una idea constructiva. Aun sin allanar el camino de mis contradicciones nunca me quedaba tirado. Hoy brota de cada pensamiento una reducción a lo absurdo. Así las cosas, ¿puedo esperar auxilio de mi vida interior? Al contrario, espero ataques, aristas, tensiones. Ataques pendencieros, aristas afiladas, tensiones como las de un cable de grúa izando una locomotora.
He aquí una muestra de mi desbarajuste: hace dos semanas se me cayó al suelo una hoja de papel. Hoy, por fin, he reunido el ánimo de agacharme a recogerlo. Quince días sorteándolo para no pisarlo y no encontré, hasta esta mañana, el segundo de decisión para acabar con el “problema”. Sé que debo relajarme, pero voces censuradoras me gritan ¡mentira! cuando mi mente, por crear un poco de paz, se evade hacia un mundo imaginario. Mentira, ¿y qué? Son mis ensueños, ¿por qué se me prohíben? ¿Qué quieren, qué no piense? De acuerdo, díganme cómo se hace.
La supremacía del caos no admite discusión. En el campo de batalla de mi mente se libra una lucha de todos contra todos: al final, ideas depauperadas empujan ideas muertas. Resultado: el desconcertante galimatías del mundo. Todo está mucho más allá o mucho más acá del horizonte. Todo está tan lejos que no lo vislumbro o tan cerca que me ciega.
¿Cómo proyectarme hacia un segundo si todavía no he logrado librarme del anterior? Doblegado por toneladas de tiempo, yo también me paralizo. Por eso renuevo calcetines desiguales, por eso los grises copos de polvo nievan en mis habitaciones. Querría imponerme un salvador ejercicio de voluntad: la busco y la veo de espaldas, corriendo. Se ha hartado de rebotar de lado a lado en el interior de la maraca, es decir, de mi cabeza.
Los objetos se amotinan, fuera de sus lugares y -un paso más en el caos- ajenos a sus funciones. Mis pensamientos sin ley hacen el resto: sin matar ninguna de mis ansiedades me reducen a la inactividad. Hay un cojín al borde de una silla, a punto de caerse, ¿se creen que lo centro? Cuando resbale y caiga en la alfombra, supongo que esperaré a que los grises y polvorientos copos formen una montaña sobre él. ¿Mi voluntad? "Dale órdenes a los músculos" -he leído en un panfleto de autoayuda. Es inútil. Permanezco atenazado bajo el arbitrio del caos. Allí donde haya un aguijón que me espolee hacia cualquier empresa, allí echaré anclas. Allí mi mente buscará un escondite; y el músculo, cansado de nada y sin órdenes que cumplir, se retirará a hibernar.
viernes, 8 de mayo de 2009
Huida al centro del adobe
Recuerdo un sol de agosto castellano y un color rojizo de arcilla y paja seca en el pueblo de Vilarnáez. Vilarnáez no es su verdadero nombre y pido disculpas si existe otro lugar llamado así. Disculpas por utilizar el nombre, que el pueblo que aquí se menciona no es, ni mucho menos, desconocido. Realmente daría igual que lo señalase en el mapa. ¿Por qué lo oculto? Un pensamiento supersticioso me impide aportar más datos. Como si sólo en el secreto pudiese inmortalizar el recuerdo de mi experiencia. E, inversamente, como si al descubrir su identidad y emplazamiento cometiese una fatal indiscreción. Temo -y, repito, es una preocupación sin lógica- que un viento salvaje como el que asoló a Macondo borre del mapa cualquier traza de lo que he llamado Vilarnáez, sin serlo, o siéndolo tan solo para mí y a efectos de este relato.
Era mediatarde en Vilarnáez. En la calle principal, una arteria donde concurren casi todas las tiendas de degustación y compra de productos castellanos, no se veía un alma. Me decidí a callejear por travesías laterales hacia la zona más quijotesca y esteparia del pueblo. De pronto, me encontré en un lugar donde la civilización parecía haber retrocedido. Nada, ni un coche, ni un cable, ni una tubería, ni un lejano sonido delataban la época que estábamos viviendo. Fiándonos de los sentidos, y ante las cuatro o cinco antiguas casas de adobe que aparecieron ante mí, nadie diría que las crónicas refieren, y ya como muy lejana, una revolución industrial. El pie en la Luna, la cibernética y los teléfonos móviles, mejor ni mencionarlos. No se concebían en aquel paisaje.
En una de las casas el sol incidía de una manera tan particular que formaba unos curiosos claroscuros en la fachada. Era, quizá, la casa más vieja; en todo caso, y atendiendo a las imperfecciones de sus paredes, la más rústica. La más atractiva para mí, la más fascinante. Estaba surcada por una maraña de canales excavados por el tiempo en el adobe. Algunas hendiduras parecían fruto de una erosión de siglos. El juego de luces y sombras y el relieve de las paredes formaba mapas tridimensionales de regiones lunares, paisajes de otros planetas en donde, sin embargo, yo leía la historia de la meseta.
Bajo el silencio profundo y la soledad del atardecer, se extendía un silencio más hermético y una soledad imperturbable en ese otro pueblo encastrado en el adobe. Fue muy extraño: entre la pared y mi mente se estableció un hilo conductor. Sentí cómo registraba y asimilaba la memoria del tiempo, veía, y no con los ojos de la cara, el ciclo de las estaciones medievales a través de las faenas del campo, las mieses a punto para segar, los arados en la tierra carmín y unas curiosas viñas rastreras como raíces vueltas hacia arriba. Corría el agua por cauces que hoy están secos y brotaban encinas sobre lo que hoy es puro suelo arcilloso.
Me distancié un par de pasos para adoptar otra perspectiva. Desde esa posición la pared se asemejaba a una enorme pintura abstracta. Los canales eran trazos de pincel, las hendiduras, golpes de brocha, los claroscuros moviéndose con el sol aportaban un misterioso toque cromático. Cuando la sombra de las hojas de un árbol aleteó sobre la pared, la pintura se convirtió en un ser vivo. Por el hilo conductor recibí incluso el sonido de los aleteos: como el murmullo de mar que se percibe en el interior de una caracola. Una pintura en movimiento con rumor de marejada. ¿En que escuela se encuadra esta obra? ¿Action paint interactive? ¿Expresionismo animado? ¿Neogestualismo multimedia?
Entonces comenzaron a insinuarse en mi mente pensamientos de origen desconocido. Pensamientos ajenos, no creados por mí. Cesaban al apartar la vista de la casa de adobe y extenderla por el horizonte rojizo de la puesta de sol: silencio, sólo silencio. Pero al volverla al pueblo sumergido -y emergente- de la pared sentí que había cobrado vida: ya no era silencioso ni mucho menos solitario. Imaginemos una colonia de hormigas catalépticas recuperando la movilidad. Imaginemos miles de individuos desperezándose a un tiempo, sonido de cuerpos que se estiran, de patas que tantean y se mueven sin propósito, imaginemos una efervescencia, una ebullición, un pisar de conchas de molusco, saetas que zumban, vibrantes alas de moscardón y el ulular de gargantas imitando al viento, todo ello sonando a coro en un único murmullo disonante.
Escuchando con atención pude entresacar, de la disonancia común, cada una de las notas que la integraban: eran voces oídas sin entender, luego entendidas como vocablos sin sentido, luego adoptaron la forma de una exclamación confusa e inmediatamente distinguí nombres propios salpicados en medio de charlas cruzadas. Estaba asistiendo a las conversaciones de los habitantes del adobe. La mirada fija en la pared me devolvía nítidamente la foto de un pueblo medieval a la caída del sol: la vuelta a casa después de las labores del campo, grupos de personas con aparejos al hombro, carros, animales y lumbre dispuesta para calentar algún puchero. No había coches, ni postes de alta tensión, ni cables surcando el espacio o trepando por las fachadas, no había petardeo de motores. ni bocinas, ni sirenas de ambulancia ni partidos de fútbol televisados... sólo ejes de carreta, crepitar de leños, palabras, ladridos, mugidos, balidos, maullidos... Humo de hogar, y no de fábrica, ríos potables, cielo sin tabaco, capa de ozono sin agujero y una Antártida por descubrir. Aún no se habían inventado las aspiradoras contra los ácaros inexistentes, nadie pedía una baja por depresión ni se conocían los adictos a internet... No estábamos en un mundo feliz pero las noches eran tranquilas sin somníferos.
Y yo... querría escapar contigo a ese mundo que reproducen las fiestas medievales tan de moda hoy en día. Y moler el grano a golpe de manivela. Y hundir nuestras cuatro manos en una masa de pan. Querría que me acompañaras a las encinas, son árboles prodigiosos y casi nadie lo sabe. Y querría que me siguieras en una huida prodigiosa. Se me acaba de ocurrir, ¿te apuntas? Una huida al pueblo erigido entre el alma de la pared y el subconsciente del tiempo, una huida al centro del adobe.
Te sentí a mi lado. Todo a mi alrededor se puede desdibujar si me abstraigo de las cosas, pero tu presencia rompe siempre cualquier ensimismamiento. Me sorprendiste absorto en la pared. Hice una recapitulación de mis últimos minutos y supe, aun sin haberte visto con los ojos de la cara, que llevabas tiempo deambulando por las inmediaciones. Fue un presentimiento, confirmado por tus palabras: hace media hora que te observo. Luego me mostraste tu “libro de viajes” y los apuntes más recientes, nada menos que seis páginas completas con letra diminuta. Me hizo ilusión. Yo te regalé ese cuaderno de notas para nuestros viajes juntos, y te hice prometer que con nadie más lo utilizarías. Aceptaste con tal entusiasmo que tuve que hacerte bajar de las nubes: quizá nunca lo saques del cajón, viajar contigo es tan difícil. Y entonces lo era, casi imposible. Protestaste: yo te vería emplear ese libro en nuestros viajes “soñados y de ensueño”; los dos lo veríamos. No sé cómo ocurrió, y aquí estamos: creo que no me equivoco mucho cuando te digo que eres bruja.
Anochecía en Vilarnáez. No es su verdadero nombre, excepto para este relato. Siendo así, también se llamaría Vilarnáez el pueblo subsumido en la pared, un Vilarnáez arcaico inscrito en el adobe por la paleta del tiempo, o por la energía, o por los extraterrestres, o por una clase singular de carcoma. Silencio en el silencio, soledad en la soledad, y después... los ecos de la meseta sonando en lo siglos y la exhibición de mis fantasías en la insólita pantalla de adobe.
Me gusta de ti que nunca te extrañas de lo que hago. Por ejemplo, enfrascarme en una piedra, en una hierba, en una hoja. Te quiero por eso. Y por la energía. Tu mano recorre mi espalda y es mucho más que un corretear de dedos. Antes de tomar por primera vez tu mano supe que me iba a derretir cuando lo hiciese; así fue, y desde entonces parezco mantequilla licuada bajo el sol de agosto castellano. Con mi mano entre los altos hornos de la tuya me guiaste hasta la Casa del Jamón. Te gusta el jamón y te consta que en este pueblo los animales corretean por el campo como tus dedos por mi espalda: libres, libres, libres.
Este lugar bien pudiera llamarse Vilarnáez, propusiste, llamémosle así porque creo que me tienes que contar una curiosa experiencia introspectiva.
-¿Y?
-Sé que no tiene lógica, por eso mismo.
Y así quedó acuñado Vilarnáez. Y como estamos en un mundo sin lógica me pediste mi propio bolígrafo para inaugurar una nueva página de tu libro de viajes.
-Me hace ilusión. Díctame.
Y te dicté desde la primera letra, tramo a tramo, palabra por palabra, toda la historia, desde la hache muda con que arranca este relato hasta el punto final que cerrará esta frase.
Era mediatarde en Vilarnáez. En la calle principal, una arteria donde concurren casi todas las tiendas de degustación y compra de productos castellanos, no se veía un alma. Me decidí a callejear por travesías laterales hacia la zona más quijotesca y esteparia del pueblo. De pronto, me encontré en un lugar donde la civilización parecía haber retrocedido. Nada, ni un coche, ni un cable, ni una tubería, ni un lejano sonido delataban la época que estábamos viviendo. Fiándonos de los sentidos, y ante las cuatro o cinco antiguas casas de adobe que aparecieron ante mí, nadie diría que las crónicas refieren, y ya como muy lejana, una revolución industrial. El pie en la Luna, la cibernética y los teléfonos móviles, mejor ni mencionarlos. No se concebían en aquel paisaje.
En una de las casas el sol incidía de una manera tan particular que formaba unos curiosos claroscuros en la fachada. Era, quizá, la casa más vieja; en todo caso, y atendiendo a las imperfecciones de sus paredes, la más rústica. La más atractiva para mí, la más fascinante. Estaba surcada por una maraña de canales excavados por el tiempo en el adobe. Algunas hendiduras parecían fruto de una erosión de siglos. El juego de luces y sombras y el relieve de las paredes formaba mapas tridimensionales de regiones lunares, paisajes de otros planetas en donde, sin embargo, yo leía la historia de la meseta.
Bajo el silencio profundo y la soledad del atardecer, se extendía un silencio más hermético y una soledad imperturbable en ese otro pueblo encastrado en el adobe. Fue muy extraño: entre la pared y mi mente se estableció un hilo conductor. Sentí cómo registraba y asimilaba la memoria del tiempo, veía, y no con los ojos de la cara, el ciclo de las estaciones medievales a través de las faenas del campo, las mieses a punto para segar, los arados en la tierra carmín y unas curiosas viñas rastreras como raíces vueltas hacia arriba. Corría el agua por cauces que hoy están secos y brotaban encinas sobre lo que hoy es puro suelo arcilloso.
Me distancié un par de pasos para adoptar otra perspectiva. Desde esa posición la pared se asemejaba a una enorme pintura abstracta. Los canales eran trazos de pincel, las hendiduras, golpes de brocha, los claroscuros moviéndose con el sol aportaban un misterioso toque cromático. Cuando la sombra de las hojas de un árbol aleteó sobre la pared, la pintura se convirtió en un ser vivo. Por el hilo conductor recibí incluso el sonido de los aleteos: como el murmullo de mar que se percibe en el interior de una caracola. Una pintura en movimiento con rumor de marejada. ¿En que escuela se encuadra esta obra? ¿Action paint interactive? ¿Expresionismo animado? ¿Neogestualismo multimedia?
Entonces comenzaron a insinuarse en mi mente pensamientos de origen desconocido. Pensamientos ajenos, no creados por mí. Cesaban al apartar la vista de la casa de adobe y extenderla por el horizonte rojizo de la puesta de sol: silencio, sólo silencio. Pero al volverla al pueblo sumergido -y emergente- de la pared sentí que había cobrado vida: ya no era silencioso ni mucho menos solitario. Imaginemos una colonia de hormigas catalépticas recuperando la movilidad. Imaginemos miles de individuos desperezándose a un tiempo, sonido de cuerpos que se estiran, de patas que tantean y se mueven sin propósito, imaginemos una efervescencia, una ebullición, un pisar de conchas de molusco, saetas que zumban, vibrantes alas de moscardón y el ulular de gargantas imitando al viento, todo ello sonando a coro en un único murmullo disonante.
Escuchando con atención pude entresacar, de la disonancia común, cada una de las notas que la integraban: eran voces oídas sin entender, luego entendidas como vocablos sin sentido, luego adoptaron la forma de una exclamación confusa e inmediatamente distinguí nombres propios salpicados en medio de charlas cruzadas. Estaba asistiendo a las conversaciones de los habitantes del adobe. La mirada fija en la pared me devolvía nítidamente la foto de un pueblo medieval a la caída del sol: la vuelta a casa después de las labores del campo, grupos de personas con aparejos al hombro, carros, animales y lumbre dispuesta para calentar algún puchero. No había coches, ni postes de alta tensión, ni cables surcando el espacio o trepando por las fachadas, no había petardeo de motores. ni bocinas, ni sirenas de ambulancia ni partidos de fútbol televisados... sólo ejes de carreta, crepitar de leños, palabras, ladridos, mugidos, balidos, maullidos... Humo de hogar, y no de fábrica, ríos potables, cielo sin tabaco, capa de ozono sin agujero y una Antártida por descubrir. Aún no se habían inventado las aspiradoras contra los ácaros inexistentes, nadie pedía una baja por depresión ni se conocían los adictos a internet... No estábamos en un mundo feliz pero las noches eran tranquilas sin somníferos.
Y yo... querría escapar contigo a ese mundo que reproducen las fiestas medievales tan de moda hoy en día. Y moler el grano a golpe de manivela. Y hundir nuestras cuatro manos en una masa de pan. Querría que me acompañaras a las encinas, son árboles prodigiosos y casi nadie lo sabe. Y querría que me siguieras en una huida prodigiosa. Se me acaba de ocurrir, ¿te apuntas? Una huida al pueblo erigido entre el alma de la pared y el subconsciente del tiempo, una huida al centro del adobe.
Te sentí a mi lado. Todo a mi alrededor se puede desdibujar si me abstraigo de las cosas, pero tu presencia rompe siempre cualquier ensimismamiento. Me sorprendiste absorto en la pared. Hice una recapitulación de mis últimos minutos y supe, aun sin haberte visto con los ojos de la cara, que llevabas tiempo deambulando por las inmediaciones. Fue un presentimiento, confirmado por tus palabras: hace media hora que te observo. Luego me mostraste tu “libro de viajes” y los apuntes más recientes, nada menos que seis páginas completas con letra diminuta. Me hizo ilusión. Yo te regalé ese cuaderno de notas para nuestros viajes juntos, y te hice prometer que con nadie más lo utilizarías. Aceptaste con tal entusiasmo que tuve que hacerte bajar de las nubes: quizá nunca lo saques del cajón, viajar contigo es tan difícil. Y entonces lo era, casi imposible. Protestaste: yo te vería emplear ese libro en nuestros viajes “soñados y de ensueño”; los dos lo veríamos. No sé cómo ocurrió, y aquí estamos: creo que no me equivoco mucho cuando te digo que eres bruja.
Anochecía en Vilarnáez. No es su verdadero nombre, excepto para este relato. Siendo así, también se llamaría Vilarnáez el pueblo subsumido en la pared, un Vilarnáez arcaico inscrito en el adobe por la paleta del tiempo, o por la energía, o por los extraterrestres, o por una clase singular de carcoma. Silencio en el silencio, soledad en la soledad, y después... los ecos de la meseta sonando en lo siglos y la exhibición de mis fantasías en la insólita pantalla de adobe.
Me gusta de ti que nunca te extrañas de lo que hago. Por ejemplo, enfrascarme en una piedra, en una hierba, en una hoja. Te quiero por eso. Y por la energía. Tu mano recorre mi espalda y es mucho más que un corretear de dedos. Antes de tomar por primera vez tu mano supe que me iba a derretir cuando lo hiciese; así fue, y desde entonces parezco mantequilla licuada bajo el sol de agosto castellano. Con mi mano entre los altos hornos de la tuya me guiaste hasta la Casa del Jamón. Te gusta el jamón y te consta que en este pueblo los animales corretean por el campo como tus dedos por mi espalda: libres, libres, libres.
Este lugar bien pudiera llamarse Vilarnáez, propusiste, llamémosle así porque creo que me tienes que contar una curiosa experiencia introspectiva.
-¿Y?
-Sé que no tiene lógica, por eso mismo.
Y así quedó acuñado Vilarnáez. Y como estamos en un mundo sin lógica me pediste mi propio bolígrafo para inaugurar una nueva página de tu libro de viajes.
-Me hace ilusión. Díctame.
Y te dicté desde la primera letra, tramo a tramo, palabra por palabra, toda la historia, desde la hache muda con que arranca este relato hasta el punto final que cerrará esta frase.
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