Por no haberle permitido envejecer con dignidad mucho ha soportado mi banco de madera. Todos los experimentos, posibles o imposibles, han tenido lugar a lomos de mi banco: teñidos, desteñidos, oscurecimientos, decoloraciones, rasguños; sobre él se han aplicado aceites y barnices, tintas, pinturas, lacas, cremas, betunes. Imperturbable, mi banco ha servido de conejillo para los más diversos productos. Y siempre, a un solo paso del efecto final, el juicio implacable de mi mirada lo condenaba a un nuevo retoque; y otra vez se repetían las friegas con disolventes y los decapados con paletas y lija de todos los calibres.
Y ahí está, ante mí, sin perder un ápice de su orgullo. Descolorido, como resultado de mis últimas manipulaciones: pero esa danza de las vetas apareciendo y desapareciendo en una madera frotada y refrotada me atrae. El último barniz, retirado con vigorosas lijaduras, ha descubierto antiguas coloraciones de las que se había impregnado la madera y que afloran como jugando al escondite.
Con este acabado desigual y desaliñado, la última degradación de la elegancia de mis intenciones primeras, vislumbo por fin un punto sin retorno: mi banco ya es una radiografía de mi ánimo. Me reflejo con tanta fidelidad que me asombra no haber perseguido este resultado desde un primer momento. Será que finales tan inspirados, de tan exquisito equilibrio, no se planean. Esa medida exacta de la imperfección, a la que se llega improvisando hasta que nos detiene la certeza de un alborozado ¡ya!, requiere un hacer y deshacer y un rehacer y redeshacer cuyo término es imposible de predecir.
Me siento, toco mi banco y percibo la calidez de la madera. El aroma volátil de la fibra resalta tras el barniz eliminado. Me identifico tanto con este descolorido compañero. Su presencia orgullosa desafía todos los cánones de la estética. Y sin embargo, para terror de algunos, insiste en codearse de igual a igual con la pulcritud de su entorno. Por eso, y por todo lo que está fuera del alcance de mis palabras, me gusta verlo así: provocador, parlanchín, sarcástico. Se ríe, al otro extremo de donde yo me siento en el despacho. Me guiña un ojo. Se vuelve a reír: de sí, de mí, del universo que lo parió. Y por encima de todo se ríe, y con sonoros aspavientos, de su negra, negrísima alma, de la cual, lo mismo que este humilde narrador, se ha divorciado por incompatibilidad de caracteres.
viernes, 22 de mayo de 2009
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