Recuerdo un sol de agosto castellano y un color rojizo de arcilla y paja seca en el pueblo de Vilarnáez. Vilarnáez no es su verdadero nombre y pido disculpas si existe otro lugar llamado así. Disculpas por utilizar el nombre, que el pueblo que aquí se menciona no es, ni mucho menos, desconocido. Realmente daría igual que lo señalase en el mapa. ¿Por qué lo oculto? Un pensamiento supersticioso me impide aportar más datos. Como si sólo en el secreto pudiese inmortalizar el recuerdo de mi experiencia. E, inversamente, como si al descubrir su identidad y emplazamiento cometiese una fatal indiscreción. Temo -y, repito, es una preocupación sin lógica- que un viento salvaje como el que asoló a Macondo borre del mapa cualquier traza de lo que he llamado Vilarnáez, sin serlo, o siéndolo tan solo para mí y a efectos de este relato.
Era mediatarde en Vilarnáez. En la calle principal, una arteria donde concurren casi todas las tiendas de degustación y compra de productos castellanos, no se veía un alma. Me decidí a callejear por travesías laterales hacia la zona más quijotesca y esteparia del pueblo. De pronto, me encontré en un lugar donde la civilización parecía haber retrocedido. Nada, ni un coche, ni un cable, ni una tubería, ni un lejano sonido delataban la época que estábamos viviendo. Fiándonos de los sentidos, y ante las cuatro o cinco antiguas casas de adobe que aparecieron ante mí, nadie diría que las crónicas refieren, y ya como muy lejana, una revolución industrial. El pie en la Luna, la cibernética y los teléfonos móviles, mejor ni mencionarlos. No se concebían en aquel paisaje.
En una de las casas el sol incidía de una manera tan particular que formaba unos curiosos claroscuros en la fachada. Era, quizá, la casa más vieja; en todo caso, y atendiendo a las imperfecciones de sus paredes, la más rústica. La más atractiva para mí, la más fascinante. Estaba surcada por una maraña de canales excavados por el tiempo en el adobe. Algunas hendiduras parecían fruto de una erosión de siglos. El juego de luces y sombras y el relieve de las paredes formaba mapas tridimensionales de regiones lunares, paisajes de otros planetas en donde, sin embargo, yo leía la historia de la meseta.
Bajo el silencio profundo y la soledad del atardecer, se extendía un silencio más hermético y una soledad imperturbable en ese otro pueblo encastrado en el adobe. Fue muy extraño: entre la pared y mi mente se estableció un hilo conductor. Sentí cómo registraba y asimilaba la memoria del tiempo, veía, y no con los ojos de la cara, el ciclo de las estaciones medievales a través de las faenas del campo, las mieses a punto para segar, los arados en la tierra carmín y unas curiosas viñas rastreras como raíces vueltas hacia arriba. Corría el agua por cauces que hoy están secos y brotaban encinas sobre lo que hoy es puro suelo arcilloso.
Me distancié un par de pasos para adoptar otra perspectiva. Desde esa posición la pared se asemejaba a una enorme pintura abstracta. Los canales eran trazos de pincel, las hendiduras, golpes de brocha, los claroscuros moviéndose con el sol aportaban un misterioso toque cromático. Cuando la sombra de las hojas de un árbol aleteó sobre la pared, la pintura se convirtió en un ser vivo. Por el hilo conductor recibí incluso el sonido de los aleteos: como el murmullo de mar que se percibe en el interior de una caracola. Una pintura en movimiento con rumor de marejada. ¿En que escuela se encuadra esta obra? ¿Action paint interactive? ¿Expresionismo animado? ¿Neogestualismo multimedia?
Entonces comenzaron a insinuarse en mi mente pensamientos de origen desconocido. Pensamientos ajenos, no creados por mí. Cesaban al apartar la vista de la casa de adobe y extenderla por el horizonte rojizo de la puesta de sol: silencio, sólo silencio. Pero al volverla al pueblo sumergido -y emergente- de la pared sentí que había cobrado vida: ya no era silencioso ni mucho menos solitario. Imaginemos una colonia de hormigas catalépticas recuperando la movilidad. Imaginemos miles de individuos desperezándose a un tiempo, sonido de cuerpos que se estiran, de patas que tantean y se mueven sin propósito, imaginemos una efervescencia, una ebullición, un pisar de conchas de molusco, saetas que zumban, vibrantes alas de moscardón y el ulular de gargantas imitando al viento, todo ello sonando a coro en un único murmullo disonante.
Escuchando con atención pude entresacar, de la disonancia común, cada una de las notas que la integraban: eran voces oídas sin entender, luego entendidas como vocablos sin sentido, luego adoptaron la forma de una exclamación confusa e inmediatamente distinguí nombres propios salpicados en medio de charlas cruzadas. Estaba asistiendo a las conversaciones de los habitantes del adobe. La mirada fija en la pared me devolvía nítidamente la foto de un pueblo medieval a la caída del sol: la vuelta a casa después de las labores del campo, grupos de personas con aparejos al hombro, carros, animales y lumbre dispuesta para calentar algún puchero. No había coches, ni postes de alta tensión, ni cables surcando el espacio o trepando por las fachadas, no había petardeo de motores. ni bocinas, ni sirenas de ambulancia ni partidos de fútbol televisados... sólo ejes de carreta, crepitar de leños, palabras, ladridos, mugidos, balidos, maullidos... Humo de hogar, y no de fábrica, ríos potables, cielo sin tabaco, capa de ozono sin agujero y una Antártida por descubrir. Aún no se habían inventado las aspiradoras contra los ácaros inexistentes, nadie pedía una baja por depresión ni se conocían los adictos a internet... No estábamos en un mundo feliz pero las noches eran tranquilas sin somníferos.
Y yo... querría escapar contigo a ese mundo que reproducen las fiestas medievales tan de moda hoy en día. Y moler el grano a golpe de manivela. Y hundir nuestras cuatro manos en una masa de pan. Querría que me acompañaras a las encinas, son árboles prodigiosos y casi nadie lo sabe. Y querría que me siguieras en una huida prodigiosa. Se me acaba de ocurrir, ¿te apuntas? Una huida al pueblo erigido entre el alma de la pared y el subconsciente del tiempo, una huida al centro del adobe.
Te sentí a mi lado. Todo a mi alrededor se puede desdibujar si me abstraigo de las cosas, pero tu presencia rompe siempre cualquier ensimismamiento. Me sorprendiste absorto en la pared. Hice una recapitulación de mis últimos minutos y supe, aun sin haberte visto con los ojos de la cara, que llevabas tiempo deambulando por las inmediaciones. Fue un presentimiento, confirmado por tus palabras: hace media hora que te observo. Luego me mostraste tu “libro de viajes” y los apuntes más recientes, nada menos que seis páginas completas con letra diminuta. Me hizo ilusión. Yo te regalé ese cuaderno de notas para nuestros viajes juntos, y te hice prometer que con nadie más lo utilizarías. Aceptaste con tal entusiasmo que tuve que hacerte bajar de las nubes: quizá nunca lo saques del cajón, viajar contigo es tan difícil. Y entonces lo era, casi imposible. Protestaste: yo te vería emplear ese libro en nuestros viajes “soñados y de ensueño”; los dos lo veríamos. No sé cómo ocurrió, y aquí estamos: creo que no me equivoco mucho cuando te digo que eres bruja.
Anochecía en Vilarnáez. No es su verdadero nombre, excepto para este relato. Siendo así, también se llamaría Vilarnáez el pueblo subsumido en la pared, un Vilarnáez arcaico inscrito en el adobe por la paleta del tiempo, o por la energía, o por los extraterrestres, o por una clase singular de carcoma. Silencio en el silencio, soledad en la soledad, y después... los ecos de la meseta sonando en lo siglos y la exhibición de mis fantasías en la insólita pantalla de adobe.
Me gusta de ti que nunca te extrañas de lo que hago. Por ejemplo, enfrascarme en una piedra, en una hierba, en una hoja. Te quiero por eso. Y por la energía. Tu mano recorre mi espalda y es mucho más que un corretear de dedos. Antes de tomar por primera vez tu mano supe que me iba a derretir cuando lo hiciese; así fue, y desde entonces parezco mantequilla licuada bajo el sol de agosto castellano. Con mi mano entre los altos hornos de la tuya me guiaste hasta la Casa del Jamón. Te gusta el jamón y te consta que en este pueblo los animales corretean por el campo como tus dedos por mi espalda: libres, libres, libres.
Este lugar bien pudiera llamarse Vilarnáez, propusiste, llamémosle así porque creo que me tienes que contar una curiosa experiencia introspectiva.
-¿Y?
-Sé que no tiene lógica, por eso mismo.
Y así quedó acuñado Vilarnáez. Y como estamos en un mundo sin lógica me pediste mi propio bolígrafo para inaugurar una nueva página de tu libro de viajes.
-Me hace ilusión. Díctame.
Y te dicté desde la primera letra, tramo a tramo, palabra por palabra, toda la historia, desde la hache muda con que arranca este relato hasta el punto final que cerrará esta frase.
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