Al fin, un día, lo tuve que reconocer: me hallaba bajo el dominio absoluto del caos. Durante meses estuve recibiendo mensajes inequívocos de que las cosas podían complicarse. Lo dejé pasar. Asistí impasible a la insurrección de los objetos. Brotaron de la nada grises copos de polvo que se adueñaron, primero, de las esquinas discretas, y luego, habiendo tomado confianza ante mi apatía, de toda cuanta superficie hallaban a su paso. Todo cambió de color, de olor, hasta el aire se hizo denso como una tormenta de arena. Yo lo veía venir.
Ayer por la mañana me puse un calcetín distinto en cada pie. Nadie lo notaba porque eran del mismo color, negros -como el café, como mi suerte-, pero yo sabía que uno era de verano y otro de invierno, uno dejaba holgado el pie en el zapato, el otro lo llenaba, uno era pulido, como de seda, el otro, lanudo. Salí a la calle con una piedra en el zapato. Estaba deseando volver a casa para quitármela, como si en la ciudad no existiese un momento y una esquina para tan sencilla operación. Durante horas caminé con esa tortura, llegué a casa y me embutí en las zapatillas, dejando zapato y piedra para mejor ocasión.
Hoy, -provisionalmente, aunque luego ya quedaron emplazados- me encajé los mismos calcetines de la víspera; pero si el de verano calzaba ayer el pie derecho, hoy al revés. Y además, el zapato con la piedra. Me di cuenta al bajar las escaleras y preferí, no obstante, cojear toda la mañana antes que zanjar el asunto en el mismo portal de casa. Lo sorprendente es que al regreso, en un milagroso ataque de fuerza de voluntad, busqué sin hallar piedra alguna: el propio zapato, deteriorado, picoteado en su interior y acanalado por baches, me acribillaba. No existía, pues, ni piedra ni objeto similar, aunque el efecto en el pie fuese el mismo y el zapato, aprovecho para decir, necesite una reparación urgente.
A estas alturas es imposible confeccionar una lista de la compra. Tendría que meter el supermercado entero en casa o hacer mil listas y mil viajes. Y luego encontrar un sitio para colocarlo todo. Bueno, mi casa es espaciosa. ¿Entonces?
Es que todo está fuera de lugar: tan simple como eso, y tan engorroso. Ya saben que no hice caso de avisos. Cuando una pila de carpetas sobre una mesa me impedía utilizarla las trasladaba a una silla; cuando necesitaba sentarme pasaba las carpetas a la mesa... o a otra mesa, pues la primera tal vez estuviese ocupada: ropa limpia para doblar y guardar que ni doblaba ni guardaba, papeles para clasificar y archivar que ni clasificaba ni archivaba.
Llegué a dormir en el sofá porque mi cama estaba repleta de elementos variopintos y no encontraba el momento para ordenar tanto cambalache: guitarras, chaquetas, cuadros para colgar, el correspondiente taladro, un par de paraguas, una lamparita y una impresora dentro de su caja. Un día lo llevé todo a la mesa del comedor excepto los paraguas, que encontraron un paragüero en el camino y allí se quedaron. Pero unos invitados me obligaron a desalojar la mesa: por fortuna disponía de la cama para desplegar de nuevo todo el arsenal: creo que se habían habituado a vivir sobre la colcha. Volví al sofá.
¿Sigo? Los objetos menudos también se expatriaron y la casa se convirtió en un vivero de sorpresas cuando no buscabas nada. La caja de tiritas podía aparecer al lado del paquete de garbanzos, repito, si no la buscabas. Y baste ese ejemplo para no cansar a nadie. Al final todas las habitaciones tenían un poco de todas, la cocina de salón, el salón de dormitorio, el dormitorio de trastero, el trastero... Bueno, ahí no se podía entrar, no había espacio físico ni para alargar un brazo entre la marabunta.
A la vez los copos de polvo se multiplicaban y crecían en número y densidad. El aire que desplazabas al moverte los arremolinaba; y cuando cesaba el huracán volvían a su puesto, donde no eran molestados, a vivir la vida y reproducirse. Lo que al principio era una fina capa de polvo sobre los muebles adquirió grosor, profundidad: podría cultivar un pequeño huerto. Yo, que ya no me esmeraba mucho, abandoné el sueño de la limpieza cuando me vi sin medios. No servían los útiles normales, escobas, gamuzas, bayetas, aspiradora sin bolsa (siempre me olvido de comprar), detergentes domésticos o fregonas de toda la vida. No. Necesitaba pico y pala, rastrillos, pala excavadora y camión para los escombros; además de productos desincrustantes y un equipo de fumigación altamente especializado.
Y eso no fue lo peor. Qué más da beber en un bote de conserva por no fregar un vaso. Lo peor de esta epidemia de caos que asolaba mi vida era su implantación en mi pensamiento. ¿Recuerdan los calcetines, la piedra en el zapato que no era piedra? Me refiero a eso, pero amplificado. La materia habitaba un territorio caótico, es cierto, los objetos deambulaban a sus anchas y yo era incapaz de llamarlos al orden. Pero quizá un día me atreviese a concebir una lucha frontal contra ellos. Establecer una estrategia y lanzarme a la batalla contra cajones, armarios, estantes, mesas, suelos, esquinas... Reubicar a cada cual en su espacio y deshacerme de los insurgentes con un pasaporte al basurero. De acuerdo, puedo perder esa guerra; aun así el combate que me preocupa es otro: el que debo mantener contra los pensamientos sin ley en este mundo enrevesado.
Carezco de recursos para organizar mi casa, nadie lo discute; pero ¿qué sucede dentro de mi cabeza? En otro tiempo sabía oponer a un problema una idea constructiva. Aun sin allanar el camino de mis contradicciones nunca me quedaba tirado. Hoy brota de cada pensamiento una reducción a lo absurdo. Así las cosas, ¿puedo esperar auxilio de mi vida interior? Al contrario, espero ataques, aristas, tensiones. Ataques pendencieros, aristas afiladas, tensiones como las de un cable de grúa izando una locomotora.
He aquí una muestra de mi desbarajuste: hace dos semanas se me cayó al suelo una hoja de papel. Hoy, por fin, he reunido el ánimo de agacharme a recogerlo. Quince días sorteándolo para no pisarlo y no encontré, hasta esta mañana, el segundo de decisión para acabar con el “problema”. Sé que debo relajarme, pero voces censuradoras me gritan ¡mentira! cuando mi mente, por crear un poco de paz, se evade hacia un mundo imaginario. Mentira, ¿y qué? Son mis ensueños, ¿por qué se me prohíben? ¿Qué quieren, qué no piense? De acuerdo, díganme cómo se hace.
La supremacía del caos no admite discusión. En el campo de batalla de mi mente se libra una lucha de todos contra todos: al final, ideas depauperadas empujan ideas muertas. Resultado: el desconcertante galimatías del mundo. Todo está mucho más allá o mucho más acá del horizonte. Todo está tan lejos que no lo vislumbro o tan cerca que me ciega.
¿Cómo proyectarme hacia un segundo si todavía no he logrado librarme del anterior? Doblegado por toneladas de tiempo, yo también me paralizo. Por eso renuevo calcetines desiguales, por eso los grises copos de polvo nievan en mis habitaciones. Querría imponerme un salvador ejercicio de voluntad: la busco y la veo de espaldas, corriendo. Se ha hartado de rebotar de lado a lado en el interior de la maraca, es decir, de mi cabeza.
Los objetos se amotinan, fuera de sus lugares y -un paso más en el caos- ajenos a sus funciones. Mis pensamientos sin ley hacen el resto: sin matar ninguna de mis ansiedades me reducen a la inactividad. Hay un cojín al borde de una silla, a punto de caerse, ¿se creen que lo centro? Cuando resbale y caiga en la alfombra, supongo que esperaré a que los grises y polvorientos copos formen una montaña sobre él. ¿Mi voluntad? "Dale órdenes a los músculos" -he leído en un panfleto de autoayuda. Es inútil. Permanezco atenazado bajo el arbitrio del caos. Allí donde haya un aguijón que me espolee hacia cualquier empresa, allí echaré anclas. Allí mi mente buscará un escondite; y el músculo, cansado de nada y sin órdenes que cumplir, se retirará a hibernar.
miércoles, 13 de mayo de 2009
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Me parece un texto muy bueno, una reflexión profunda, inquietante. Una buena pintura llena de matices de colores opacos, de grises y negros.
ResponderEliminarEspero que la inspiración no sea del presente.
Te deseo la dulzura de una pizca de orden en el exterior y interior.
Ohhh!!! perdón por la y.
ResponderEliminarOtro beso.